Nunca se le había visto tan callada, ni tan ruidosa a la vez. El pecho le vibraba, las palabras se perdían, y una tos como ladrido salía de su boca para demostrar que estaba mal.
Noches de frío, de gritos, de cerveza en la capital. Madrugadas de dolor, fiebre y delirio. Ella se cuida y no, inevitablemente impulsiva.